Su mirada se perdía entre las diminutas gotas que brotaban de las olas cuando rompían al lado de la roca en la que ella estaba tendida, tenía los pies descalzos ligeramente húmedos, en su rostro se confundían sus lágrimas con el agua del mar que el oleaje le había arrojado, y su mente no paraba de repetir los últimos momentos que había compartido con él, llevaba dos horas contándole sus pensamientos al océano y aún tenía palabras amargas que describían como de mal lo pasaba su afligida alma. Dolió tanto aquella cruel despedida, la desmoronó, y ahora pasaría años sin verlo, pues él tenía que cumplir con su deber...
Maldigo este infortunado destino, que atrapa a tantas mujeres (familias) y las obliga a esperar en sufrido silencio a sus hombres.
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