- Eres un monstruo.- dije.
- ¿Yo? -preguntó mientras soltaba una carcajada.- No, la vida sí que es un verdadero monstruo, yo sólo he aprendido de lo que he visto.
Y tras decir eso, se giró y se fue, con el dedo en el gatillo del arma en todo momento, por si decidía retenerlo. Se fue tal y como había llegado, en una ola de confusión.
Y nunca más se le volvió a ver por aquí, me dejó para siempre, con los ojos llorosos y el corazón sangrante.
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