Parecía que la vida se burlase de ella. ¿Cómo un sol tan radiante podía iluminar tanto a finales de otoño? El mismo sol que se escondió desde el 22 de agosto hasta el fatídico día anterior, 18 de diciembre.
Se habían despertado con esa aparente e inesperada señal de tranquilidad que el sol proporcionaba. Todo un engaño, pues con ese sol como última visión, él se le fue de las manos para siempre.
Condenada ironía. Ella destrozada, en un mar negro de lágrimas, ya sin objetivo alguno en su vida y sin embargo aquel dichoso astro dando color al resto del mundo, mostrando alegría en el rostro de los transeúntes que poblaban las calles.
¡Maldita sea!
Todo aquello era una pesadilla, tenía que serlo. ¿Él? No, no podía morir, no se lo merecía, la muerte no. Demasiado radical. Muerto. Era imposible. ¿Por qué su marido, y no ella? ¿Por qué una semana después de la boda, y no antes, cuando aún no se habían enamorado tanto como para depender el uno del otro? ¿Por qué tuvo que ser el capullo de su ex tan certero con el disparo?
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